Va por usted, almirante Pepe Domingo Castaño

Es falso, es mentira, es una auténtica patraña, eso de que cuando alguien fallece hay que sentir pena por él. ¡Y una mierda! Hay que sentir pena por los que nos quedamos sin ÉL, sí, con mayúsculas. Hay que sentir dolor por los que seguimos en este mundo, no por el que se va.

En este caso, en el caso del monstruo Pepe Domingo Castaño, también es una falacia eso de que LA RADIO, sí, también con letras enormes, pues es el medio del instante, del momento, de la rapidez y la fluidez, de oírla sin más, pierda a un gran profesional, a un genio, a uno de esos que salen dos cada 50 años.

Y es una falacia lamentarse por LA RADIO, porque las ondas sobrevivirán de una u otra manera, lo que no está claro es cómo sobreviviremos los amigos de Pepe. Ese es el mayor problema que plantea, de pronto, la muerte de un amigo, pero de un amigo de verdad. Insisto, no sé lo que pierde la radio, ni siquiera sé lo que pierde la publicidad que se inventó Pepe, la manera de comunicar que ideó Pepe, lo que sí sé es lo que perdemos los amigos. Ese sí es un vacío irremplazable.

Pepe puede ser visto como gallego, como gallego enorme, que chuleaba de ser gallego. ¡Coño! del mismo Padrón, donde recientemente ¡qué bien que pudo disfrutarlo! le pusieron una plaza. “No, no, yo no quiero una calle, si queréis ponerle nombre a algo, ponérselo a la plaza donde jugaba a fútbol de niño”. Y se la pusieron. Ese era el Pepe gallego, único.

El mejor cantante

Pepe puede ser recordado como cantante ¡menudo cantante! Pepe fue Disco de Oro, en México, con la canción ‘Motivos’. Pepe fue cantante, vocalista se decía en mi pueblo, de Los Ibéricos y de Blue Sky. Pepe fue íntimo amigo de Julio Iglesias, con eso casi lo digo todo. Pero un día Pepe descubrió la radio, más que el periodismo, y decidió (1964) irse a Radio Galicia, de la Ser, y empezar la carrera que le convirtió en el número 1 en todo, todo, lo que hizo. “Yo solo canto para los amigos”, decía cuando los que sabían de música, de canto, trataron de impedir que dejase de cantar.

Pepe puede ser, debe ser, recordado como el tipo, el pillo, el listo, el inteligentísimo autor que ideó, que inventó, una manera de hacer publicidad, de difundir la publicidad, de encantar con la publicidad, de lograr que la gente se enganchase a sus anuncios, los disfrutase, los cantase o, como poco, los tararease. Fue un puto genio en esa manera de venderte lo que otros ni siquiera sabían cómo vender.

Fue cantante y de los buenos, hasta ganó un Disco de Oro en México, con ‘Motivos’

Pepe puede ser recordado como poeta, sí, sí, tal cual, porque lo era ¡vaya si lo era! Miren, no es fácil, hay que ser muy, muy, genio y tener una cabeza privilegiada, como la que tenía nuestro Pepe, para, mientras los demás, el resto, los parlanchines, nos pasábamos dos horas hablando frente al micrófono, charlando de mil temas, mantenerse en un rincón, casi oculto, del estudio o del escenario donde actuábamos y, en el momento de concluir y despedir el programa, aparecer él, con su inmensa personalidad, portando dos folios, maravillosamente escritos y recitar un poema en el que se resumía todo lo que habíamos comentado en el programa. Piénselo bien, eso es imposible de hacer, si no eras Pepe Domingo Castaño.

Pepe, sí, podía ser todo eso y más. Y todo eso y más, le permitió convertirse en un grande de la radio española, que no es poco porque todo el mundo cuenta que es una de las mejores radios del planeta. Todo eso y más le convirtió en un referente para todo, para todo lo bueno. Todo eso y más le permitió, con razón, con derecho, ganar hasta cuatro Premios Ondas en 1975, 1996, 2002 y 2005, dijeron que “por su carrera periodística y su aportación al mundo de la comunicación”. Todos los Ondas son merecidos, pero esos cuatro más que ninguno. Pocos nos parecen a los colegas de Pepe.

Pero les he relatado algunas de las cosas por las que Pepe jamás desaparecerá de nuestros recuerdos para dejarme, al final, lo único por lo que sí añoraremos a Pepe, lo único por lo que sí valió la pena conocerlo, lo único por lo que un cuarto de hora con él era media vida de placer para cualquiera: su grandeza como ser humano.

Pepe no era un tipo cualquiera. Si tú eras amigo o, incluso, tal vez, simplemente conocido de Pepe, tenías en Pepe un ser que te acariciaba con las palabras y que te mostraba su afecto con hechos, con mimos, con regalos que solo Pepe podía hacerte. Pepe no provocó ¡jamás! un malvivir en nadie, Pepe no tuvo jamás un mal gesto para nadie, Pepe no le dio un disgusto nunca a nadie. Pepe vivía para ayudar, para hacer feliz a los que tenía a su alrededor, no importase dónde fuese, para qué fuese y a la hora que fuese.

Un ser enternecedor

Pepe era lo que papá denominaba “buena gente”. Ustedes lo saben, no es fácil ser “buena gente”, no es fácil. Pepe lo era a kilos, perdón, a toneladas. Y Pepe era tan buena gente, tanto, que no acababa de creerse o pensaba que no merecía el cariño, la devoción, la admiración, que el mundo de la radio, que sus amigos, que sus colegas, que la gente de la calle le profesaba. Era tan señor, tanto, que no creía merecer tanto. Y sí, sí, lo merecía.

Por eso, hace un par de años, cuando sufrió un infarto que nos atormentó a todos, LA RADIO empezó a temblar. Por eso, el día que regresó a la redacción, pues él jamás se rendía, sus compañeros, Deportes de la COPE entero, lo recibió con todos sus miembros subimos en las mesas, de pie, con una ovación y vítores interminables. Y allí estaba Pepe, el señor Domingo Castaño, pasmado, incrédulo, embobado, con esa cara de zagal que le distinguía, de pícaro irrepetible, sorprendido de que la gente le tuviese tanto cariño, semejante fervor. Era, simplemente, veneración.

Pepe era un artista, por eso el aplauso le hacía grande, inmenso. Dicen que LA RADIO ha perdido mucho con su desaparición. Puede ser, no sé tanto de radio como calibrar semejante pérdida. Yo sé de amistad, de cariño, de tacto, de fidelidad, de complicidad, lo aprendí de niño, de joven, de gente como Antonio Franco, de mi hermano Carlos y todos los suyos y, en las últimas décadas, he reforzado esa sensación de sentirte querido, útil, amigo con los locos de Deportes de la COPE, donde hay varios capitanes, pero solo un almirante: Pepe Domingo Castaño. ¡Señor, sí, señor!

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