Tecnología: ¿Habrá feeling con los robots?

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Una de las mayores atracciones del Congreso Mundial de la Telefonía Móvil –Mobile World Congress– celebrado la pasada semana en Barcelona, ha sido Ameca, el robot humanoide creado por la empresa inglesa Enginereed Arts, calificado como el “más humano del mundo”. Da respuestas coherentes, puede mostrar sus expresiones faciales, e incluso hace alardes de espontaneidad, al incorporar la tecnología GPT-4, el mismo modelo de lenguaje de IA que ChatGPT. Sobre el avance de la robótica social, los investigadores de la Universidad de Las Palmas de Gran CanariaJosé Ignacio Salas y Javier Lorenzo, han publicado en la plataforma de divulgación científica The Conversation, un artículo sobre las variables que influyen en la convivencia entre robots y seres humanos y dan las claves de si será posible la convivencia “sana y armónica” entre robots y personas.

“Digamos que la tecnología está muy próxima, en unos pocos años probablemente ya tengamos robots que puedan interactuar con nosotros, haciendo uso de los modelos de lenguaje tipo ChatGPT de una forma bastante natural, prácticamente no nos daremos cuenta de que es un robot, de hecho ya nos pasa con el ChatGPT que incluso le pedimos hasta por favor que nos den una solución o cosas por el estilo, y nos olvidamos que detrás hay una máquina”.

Dilema de Collingridge

Sin embargo, en la línea de una convivencia sana entre humanos y máquinas, Javier Lorenzo y José Ignacio Salas señalan un aspecto fundamental a tener en cuenta, que se lleva estudiando desde hace muchos años, y es el dilema de control o dilema de Collingridge. “Siempre que aparece una tecnología, al principio es muy difícil visualizar lo que serían todas sus posibles consecuencias, y a medida que va avanzando y se va implantando esa tecnología, puede ocurrir que aparezcan aspectos no deseables, pero que lleguen a descubrirse en un momento en el que esté tan implantada, que ya vaya a ser difícil eliminarla”.

El profesor Lorenzo pone como ejemplo las redes sociales, que cuando aparecieron fueron muy bien recibidas porque permiten compartir experiencias y demás, sin embargo, con el tiempo se están viendo efectos no deseables, como hostigamiento, acoso…, “y a día de hoy es muy difícil erradicar las redes sociales”. “Hay que tener esto muy presente cuando estamos hablando de la robótica social, es decir, van a ser máquinas que estarán interactuando con personas en un entorno cercano y habría que estudiar muy bien, qué implicaciones puede tener a largo plazo para que sea una convivencia sana y deseable”.

Sector servicios

Los investigadores de la ULPGC señalan como aspecto clave que, de momento, la robótica social está acotada a campos muy concretos como la hostelería, museos o congresos. Su potencial en el campo sociosanitario es inmenso, pero se enfrenta a una serie de retos para lograr esa convivencia “sana” y “armónica” con los seres humanos.

Los especialistas hacen referencia al libro Affective Computing, de la investigadora del MIT, Rosalind Picard, en el que se plantea como clave para conseguir una interacción natural con las máquinas, que éstas sean capaces de reconocer y entender los sentimientos, e incluso mostrar sentimientos propios. “Este problema está todavía abierto, y es una rama de investigación bastante activa en el campo de la biometría, donde los investigadores se centran en intentar reconocer emociones a través de gestos, tonos de voz y cualquier otra información que acompañe a las palabras“. Como ejemplos de lo que se ha logrado hasta ahora en robótica social, Salas y Lorenzo apuntan al robot Pepper, actualmente en activo para asistir a niños con deficiencias auditivas; o Stevie, un robot que asistió en una residencia de ancianos, con muy buena acogida entre los residentes.

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Los investigadores de la ULPGC Javier Lorenzo (i) y José Ignacio Salas.
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Asistente conversacional

Sin embargo, tener un robot en casa, por ejemplo, que asista en las labores cotidianas, está aún lejos de lograrse, fundamentalmente por la barrera de la autonomía. “Lo primero que habría que solventar es la autonomía del robot, la batería dura muy poco; y por otro lado, la capacidad física, la fuerza en cuanto a levantar peso”. “De momento, lo más próximo en el ámbito sociosanitario sería el asistente conversacional, te perciben, hablan contigo, e incluso pueden detectar si una persona mayor que vive sola, por ejemplo, se cae en casa, y pueda ponerse en contacto con el servicio de emergencias“.

Javier Lorenzo y José Ignacio Salas, investigadores del Instituto Universitario de Sistemas Inteligentes y Aplicaciones Numéricas en Ingeniería (SIANI), trabajan actualmente en el campo de la sensórica robótica -la percepción de las máquinas-. Colaboran con la Universidad del País Vasco en un proyecto financiado por el Ministerio de Ciencia, Innovación y Universidades sobre robótica social. Mientras que la UPV se encarga de la parte física de los robots, los investigadores de la ULPGC trabajan en la percepción, el reconocimiento de emociones en base a la voz, a la expresión facial, y en la identificación de las personas.

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