¿Quién fue Salvador Allende? El presidente de Chile que intentó una “revolución socialista” pacífica en 4 claves

Un hombre se dispara en la sien con un fusil. Una parte de su masa encefálica se pega sobre la pared. Se ha quitado la vida porque quiere ser consecuente hasta el final con su palabra empeñada: defender la legalidad democrática. Ese hombre quiere morir como presidente electo y no depuesto por militares que, dice, lo han traicionado. Se llevarán su cuerpo envuelto en una manta. No tendrá en aquel 1973 ceremonia de entierro. Tampoco podrá ser nombrado.

Ciertos comportamientos y tramas políticas resultan tan ajenas al presente que algún desprevenido puede pensar que se trata de una novela. En parte lo es, si se tienen en cuenta sus picos dramáticos, pero ocurrió. El suicidio de Salvador Allende y el abrupto final de la experiencia de la Unidad Popular, hace medio siglo, conmovieron a parte del mundo. Una tragedia política de esa hondura no forma parte de las situaciones de la actualidad. En un tiempo de olvidos, inmunidades impunidades (Silvio Berlusconi, quien falleció este 2023 a los 86 años, y tuvo exequias estatales, fue apenas condenado por fraude fiscal después de haber realizado negocios, trapisondas de todo tipo y ser protagonista de escándalos sexuales con menores), la figura de Allende puede ser tan desconcertante como incómoda. Aquí algunas claves sobre su figura y su pensamiento político:

Vestigios de otro mundo

Fue un hombre de otro mundo, en más de una acepción. De un lado, su excepcionalidad, reconocida hasta por adversarios (amigo solidario, conversador, seductor, bon vivant). Por el otro, protagonista de una escena de la que solo existen ruinas. Vestigios. Hablar sobre el Chile “de” Allende obliga a reponer palabras que fueron expulsadas de buena parte del lenguaje político (“transición al socialismo“, “proceso revolucionario”, “marxismo”, “imperialismo”, “lucha de clases”) o de países que, a pesar de su gravitación entonces, ya ni siquiera forman parte del mapa actual, como la Unión Soviética y la República Democrática de Alemania.

Allende, su caída, es un capítulo luctuoso de la Guerra Fría. Intentó cambiar de raíz un país injusto. Sin asesores de imagen, sin trolls ni expertos en algoritmos. Creía en el valor de las palabras y en las acciones que las sostenían. Chile se acercó a la década del 70 con un gran horizonte de expectativas. El demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva había gobernado bajo la consigna “revolución en libertad”. Allende ganó las elecciones de 1970 con la propuesta de “revolución socialista” por cauces legales y pacíficos. Obtuvo el 33% de los votos (muy poco para tamaños objetivos). Al año siguiente llegó al 50% en los comicios municipales, en medio de una bonanza económica que pudo resultar engañosa. Al consumo y la expansión del gasto público le siguió la escasez, el mercado negro y la inflación.

Luchas contra poderes internos y externos

Allende nacionalizó las grandes minas de cobre, las grandes empresas y la banca, impulsó una reforma agraria y programas sociales destinados a los sectores menos favorecidos. Quiso transformar el sistema educativo. No pudo. Enfrentó enormes poderes externos, la hostilidad estadounidense, e internos, el Congreso, el Poder Judicial, el empresariado y los partidos de la oposición, los grandes medios de comunicación.

La Unidad Popular reunía a diversas fuerzas de izquierda (socialistas, comunistas, cristianos) que si bien coincidían en el objetivo final no siempre estaban de acuerdo con las velocidades de las transformaciones. Además, existía una guerrilla, el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR), que no creía en las “instituciones burguesas”. Al paraíso socialista se debía llegar sin escalas y pagando el precio que fuera necesario. Querellas inverosímiles si se leen desde esta época.

La caída

La primavera de 1971 se volvió otoño al año siguiente. El año 1973 fue un largo epílogo con paros patronales y una fallida asonada castrense. Allende intentó convocar a una consulta popular para salir de la trampa de la alta polarización. Se impuso, sin embargo, el lenguaje de las armas con la forma del golpe de Estado. El 11 de septiembre de 1973 terminó a sangre y fuego la experiencia de la UP. Allende le habló al país. Faltaba poco para que el palacio de Gobierno fuese bombardeado. “Mis palabras no tienen amargura sino decepción“. Su destino estaba escrito. “Trabajadores de mi Patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo”. Se dirigió a los jóvenes, “a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha”, y también “al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos”.

Recuerda el historiador Alfredo Sepúlveda, autor de La Unidad Popular, los mil días de Allende y la vía chilena al socialismo, que, a lo largo de los años, las frases de ese discurso han sido repetidas, como citas, una y otra vez. “Pero no son trucos de marketing político“. En este discurso lírico reverbera el anhelo futuro de una sociedad mejor. “En boca de un político estándar, sería una promesa de mierda, otra mentira balbuceada al calor de una lucha por votos”. No era el caso de un ese hombre.

Las últimas horas, antesala de la ola de muerte y dolor

No quiere recorrer el mundo dando lástima como exiliado, no tiene carácter para la clandestinidad y, por tanto, sabe que morirá en La Moneda”, señala, Daniel Mansuy, otro historiador, más ladeado a la derecha. Su libro, Allende, la izquierda chilena y la Unidad Popular, llegó a ser recomendado por el presidente Gabriel Boric. “Si se quiere, el mejor Allende es (con distancia) el de las últimas horas. Su trayectoria política tuvo altos y bajos, momentos mejores y peores, grandezas y mezquindades, pero no había nada a esa altura”. Se eleva “sobre el golpe de Estado”, sobre “sus adversarios de todos los colores” y “se instala en la historia larga de Chile”.

Llegó la dictadura del general Augusto Pinoche con su ola de muerte y dolor. El 4 de septiembre de 1990, casi seis meses después del fin del régimen militar, tuvo lugar el funeral oficial de Allende. El cortejo al mausoleo que se levantó en el Cementerio General de Santiago fue acompañado por una multitud. Su nombre encabeza el inmenso Memorial del Detenido Desaparecido y del Ejecutado Político en ese mismo camposanto. Sobre la piedra se han esculpido versos del poeta Raúl Zurita que hablan en nombre de una parte importante de la sociedad. “Todo mi amor está aquí y se ha quedado pegado a las rocas, al mar, a las montañas”. 

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