Maite, desaparecida bajo la sombra de un crimen: nueve años sin saber qué ocurrió

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“Seguramente voy a ir a Ondarroa (Vizcaya) a ver a la tía y, a lo mejor, me paso por casa de María”. Violeta, su hija, asintió: “pues bien”. Fue una de las últimas conversaciones que tuvo con Maite, su madre, por teléfono, dos o tres días antes de desaparecer. La siguiente llamada que cogió Violeta marcaría el horror: “¿sabes algo de tu madre?”. Era una vecina. “Recuerdo que dije no…”, revive ante CASO ABIERTO. “Pues… está desaparecida, a su casa no ha vuelto“. Era agosto de 2015. La alarma que se acababa de encender nunca se volvió a apagar.

Se llama María Teresa Eguiguren. La llaman Maite. Tenía 64 años cuando desapareció. Desde hace casi nueve años no está. Ni Alzheimer ni demencia ni desorientación, la principal sospecha de su ausencia es la acción criminal. “Sé, sabemos, que mi madre no está viva”, afirma -con dolor- Violeta. “Sé desde el primer día que a mi madre la mataron y sé, además, dónde murió…”, lamenta. “Lo que no sé es dónde está su cuerpo. No la he podido enterrar”.

El rastro de Maite se pierde en casa de su amiga María. Es el último sitio en el que se sabe a ciencia cierta que estuvo antes de desaparecer. Junto a Maite y Maria estuvieron en esa casa J.H. e I.H., hijos de la segunda mujer. Su teléfono se apagó a mediodia. “Se fue sin despedirse”, dijeron. Su bolso, sus cosas, aparecen allí.

“Lo único que pido es encontrarla… que, pasado este tiempo de tanto dolor, sepamos dónde están sus restos”, ruega Violeta. Quieren saber la verdad.

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Imágenes de Maite cedida por su familia a este medio.
CASO ABIERTO
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Nueve años atrás

Sábado, 8 de agosto de 2015. Maite se despierta contenta, animada, hoy va a salir. Desde hace tiempo vive en uno de los pisos tutelados del Hospital de Zaldibar (Vizcaya) y, tal y como le dijo a Violeta, su hija, un par de días antes, le han dado permiso para moverse de allí. La única condición, la de siempre: regresar antes de que llegue la noche.

Una vida díficil y una personalidad vulnerable la llevaron ahí. “Mi madre era un persona débil, de jovencita tenía depresión, se refugió en el alcohol, que mezclaba con medicación y, bueno… de vez en cuando tenían que ingresarla en el hospital”. Pese a todo, la lucha de Maite hizo que le dieran del alta del centro hospitalario y la derivaran a los pisos tutelados. “Estaba mejor”.

Aquella mañana Maite prepara su bolso, lleva encima unos 300 euros, “los sacó el día anterior”. Nos vemos luego, agur. Maite se va. Su primera parada es Durango (Vizcaya), un pueblo que está practicamente al lado. “Una amiga mía que vive allí por casualidad la vió. Mi madre estaba en una farmacia”. La Ertzaintza lo confirmaría tras su investigación.

“Mi madre tenía mucho miedo de que le fueran a hacer algo, o fuera a pasarle algo, en general, siempre lo decía”

Violeta, hija de Maite

A las 12:15 horas, Maite se subió a un autobús que la llevó a Ondarroa. “Mi madre fue a casa de mi tía, pero no estaba”, por lo que acabó tocando el timbre en la puerta de María, su amiga. Las unían muchos años de amistad.

Reservada, temerosa y prudente. Una de las vulnerabilidades de Maite era la desconfianza. Era recurrente el pensamiento de que algo le podía pasar. En cambio, la confianza de Maite en su amiga era plena. “Ella tenía mucho miedo de que le fueran a hacer algo, o fuera a pasarle algo en general, siempre lo decía”. Le costaba confíar, pero de su amiga nunca dudó. “De hecho, le había dejado joyas suyas para que se las guardase, por no tenerlas en el piso tutelado del hospital”.

Maite toco al timbre y subió, rozando la hora de comer, a aquel tercero sin ascensor. “María no estaba sola, sus dos hijos estaban allí”. A partir de aquí todo se difumina, se funde a negro: contradicciones, mentiras y una ausencia que suma nueve años sin respuesta. “A mi madre nadie la vuelve a ver”.

Lo que contaron

“Sí, estuvo aquí, pero fue al baño y se marchó”. Dicen que lo hizo sin despedirse. En el reloj marcaban las 14:50 horas, “no dijo ni adiós”. La presunta marcha, casi fuga, que describen, no generó ninguna reacción en esa casa. Como si no hubiera pasado. El día, los días siguientes, transcurrieron sin alarmas, sin avisos, con normalidad.

“Cuando yo recibo la llamada de la vecina del piso tutelado, llamo a una amiga de Ondarroa y le digo que si puede pasarse por casa de esta mujer”, reconstruye Violeta. Sin saberlo, arrancaba así la primera batida. “Mi amiga va al piso y le dicen que mi madre el sábado había estado allí, pero que no sabían nada“. Al principio, no hubo nada que hiciera sospechar a Violeta. “Todo cambia cuando me dice mi amiga que mi madre no, pero su bolso sí que estaba allí”.

“Mi tía fue a esa casa… estaba revuelta. Mi madre había desaparecido y todos estaban tan tranquilos, incluso le ofrecieron café”.

Violeta, hija de Maite

“¿Su bolso?… ‘Sí, su bolso está ahí. Salió sin él'”. Mal. “Mi madre no iba a ningún sitio sin él”. Los miedos y la desconfianza de Maite generaron en ella una especie de trastorno obsesivo compulsivo (TOC) que hacía que nunca se separa de este. “Ni siquiera para ir al baño hubiera dejado el bolso allí”.

A Violeta, además de asustarle, le sorprendió la actitud de esta familia. “Era raro, ¿no? Esta gente ve que su amiga ha dejado el bolso y se ha marchado…y no es capaz de llamar a nadie, de avisar a nadie… ¿y si yo no le llego a decir a mi amiga vete para allá….? Quizá ni sabemos que el bolso está allí”. Violeta llamó a su tía, vecina de Ondarroa también. “Mi tía fue también a la casa y le dijo a María que mi madre estaba desaparecida, que la última pista que tenemos de mi madre se acaba allí…”. Solo encontró desorden -“la casa estaba revuelta” y ninguna respuesta. “Era surrealista, mi madre había desaparecido y estaban todos tranquilos, sin reacción alguna, incluso le ofrecieron café”.

“Que no, que a mí no me toreas”

“Mi madre no iba aparecer y si aparecía era muerta, lo supe desde el principio”, lamenta Violeta. “Lo del bolso no lo digo yo. Si tu hablas con el psiquiatríco te van a decir lo mismo: Maite no se va sin su bolso a ningún lado“. La alerta era máxima, “sin más que esperar interpusimos la denuncia por desaparición“. La investigación arranca de inmediato, “los primeros días se buscó por mar, tierra… y fueron a la casa”. Los agentes de la Ertzaintza interrogaron a María y a sus hijos. Misma respuesta, se marchó sin despedirse, versión oficial. Todas las hipótesis abiertas, pero una siempre con más fuerza: que el origen de la desaparición de Maite estuviera allí.

Tras la llamada al 112 desde el teléfono de la mujer, alguien puso el móvil en modo avión

Tras abrir el bolso de la mujer, los investigadores hallaron su teléfono. Esté aportó un dato inquietante: desde el terminal de Maite se efectuó una llamada al 112. La hora, las 14:50, la misma en la que se supone que se había marchado. La llamada se hace dentro de la casa, pues el télefono está allí. Los ertzainas solicitaron la grabación al servicio de emergencias. En ella se escucha a una Maite alterada: “‘Que no. Que a mí no me toreas…’. La llamada se corta, el teléfono no vuelve a tener señal. El análisis de este determina que la causa es que “alguien activa el modo avión”. Nunca más estará disponible. “Mi madre no sabe ni que esa opción existe, te lo digo yo”.

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Otra imagen del álbum familiar de Maite.
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La pesquisas policiales recogen contradicciones, incongruencias y “comportamientos anómalos en el entorno de la vivienda”. La sospecha familiar y policial es la misma: Maite desaparece bajo la sombra de la acción criminal.

“Buena, solidaria, peculiar”, describen todos. Maite vivió siempre con miedo. Un miedo, una debilidad, que le hacía ingresar por temporadas en diferentes centros. “Volvía a caer…”. Se recuperaba, pero “siempre tenía tenía la idea de que algún día le podía pasar algo”, lamenta su hija. “El mayor miedo lo tenía en los centros en los que vivía y mira, le pasó… al final le pasó”. Violeta coge aire, “donde ella se sentía segura, en casa de su amiga María, fue, precisamente, donde le pasó“.

Todos guardaron silencio. De Maite nunca se supo más. María murió en tiempos de pandemía. Uno de sus hijos lo hizo poco después. Solo queda una persona viva de las que estuvo en esa casa. “Poder enterrar a mi madre es lo único que nos queda y lo único que nos permitiría descansar”. La búsqueda de la Ertzaintza no cesa. La clave puede llegar en cualquier momento, “quizá es el momento de hablar…”.

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