Los tríos siempre acaban mal

Los tríos siempre acaban mal. Es imposible que una relación a tres se aguante. Acaba haciendo aguas. Tres eran tres las hijas de Elena y ninguna era buena. Surgen los rencores, los celos, acostumbra a haber un ser dominante, que si he ganado el Giro, que si he conquistado el Tour. A veces, el más débil es el que menos culpa tiene, el que se ha sacrificado por uno y por el otro, al que dejaron que disfrutara unos días al frente de la tabla, para que se sintiera el más fuerte, gratificación por la ayuda prestada en la conquista de Roma y de París. ¡Ah! Se coló en una fuga por los montes de Teruel, se puso líder en tierras alicantinas y, mira por dónde, ahora ya no es una broma, ni un premio de pedrea, sino que aspira al gordo del Euromillón con los cinco números y los dos complementarios acertados.

El trío ciclista lo forman un ciclista estadounidense, otro esloveno y un danés. Los tres corren en un equipo neerlandés y, curiosamente, los holandeses son los que les hacen de gregarios. El ciclismo, se quiera o no, por mucho que hayan llegado estructuras globalizadas con patrocinadores de países muchas veces reñidos con las bicicletas, sigue siendo un deporte donde se premia, sobre todo, al corredor local. El cariño se lo lleva el ciclista de la tierra y por mucho que, erróneamente, quieran asimilarlo al fútbol en este aspecto, pues va a ser que no.

La diferencia del fútbol

En un club de fútbol la afición se vuelca con su fichaje extranjero, están felices de que aporree al rival a base de goles y les da igual el lugar donde haya nacido. Hasta me atrevería a decir que se sienten más orgullosos del astro foráneo que del crecido a base de pisar y correr sobre la hierba de la ciudad.

En ciclismo no se mira dónde corre para convertirse en ídolo. Miguel Induráin habría sido igual de querido de correr en el Banesto que si hubiera fichado por una entidad bancaria de la Conchinchina. Por eso, los aficionados neerlandeses del Jumbo siempre preferirían que sus estrellas fuesen de los Países Bajos que ciclistas fantásticos contratados a base de talonario y con un flujo de cheques que parece no tener fin. Porque cuando se contratan a los mejores del mundo, entonces la diferencia con el resto es tan abismal que hasta llegan los tres primeros al Tourmalet y los tres se colocan al frente de la general de la Vuelta.

Los celos

Y es aquí, como en los tríos de las mejores familias, cuando pueden empezar a surgir diferencias, esos celos de los que hablaba al principio, sobre todo cuando dos quieren ganar la Vuelta, cuando no son amigos de cuna, ni de escuela, ni colegas de toda la vida. Y cuando al tercero, por los servicios prestados, se le quería gratificar con unos días de gloria, pero no con la victoria absoluta en las calles de Madrid.

Se llaman Sepp Kuss, nombre siempre difícil de escribir, Primoz Roglic y Jonas Vingegaard y están al frente de la Vuelta, todos en el mismo equipo, todos deseosos de ganar la Vuelta. Son un trío que desayuna y cena unido, que visten igual, que llevan las mismas bicis y que cobran del mismo patrocinador. Pero, sólo uno podrá ganar la Vuelta. Sólo uno obtendrá la gloria, así que cuando has ganado el Giro y quieres la Vuelta o has conquistado el Tour y deseas el premio extra de la ronda española, al final es muy difícil que te contentes con ser el segundo, el ayudante de cámara, porque tu nombre no quedará inscrito en la gloria deportiva. Y hasta es posible que el premio que le darían al mejor gregario, al que los ayudó en las victorias logradas en Italia y Francia, al final se vuelva en su contra, con caras extrañas, porque él no se apuntó a esta carrera para ganarla, sino para ayudar, aunque se sienta crecido y esté realizando la competición de su vida. Por eso, los tríos, incluidos los ciclistas, nunca terminan bien.

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