La Vuelta se cita con el Tourmalet, el mito de los mitos ciclistas

A la autopista francesa 64 se la denomina la Pirenaica porque atraviesa por el valle todo el trazado de los Pirineos. Allí, cerca de Pau, se encuentra el área de descanso que desde 1996 homenajea el paso del Tour por esta cordillera. Los ciclistas van subiendo por una especie de tobogán donde el jersey amarillo levanta los brazos. En su base reza en francés el lema ‘El Tour de Francia en los Pirineos’ y aparece un corredor con el jersey a puntos, el que lleva el primer clasificado de la montaña, con cara de Miguel Induráin. Los amantes de este deporte y los forofos de la ronda francesa, ayer, hoy y siempre, detienen el coche para fotografiarse y dejar testimonio de que han pasado por allí.

Ayer, hoy y siempre, mientras haga calor y no lleguen las nieves, ‘El Gigante del Tourmalet’ parece saludar en la cima a los miles de cicloturistas que suben al monte un fin de semana cualquiera, o un día de principios de septiembre, como este jueves, jornada previa a la visita de la Vuelta a España al más sagrado de los montes ciclistas, la primera vez que la prueba española finalizará en el templo de los Pirineos después de superar otro monumento de la cordillera, el Aubisque, donde puso pie a tierra en 1965, sin fuerzas, Federico Bahamontes para despedirse del Tour y no volver a montar nunca más en una bici.

‘El Gigante del Tourmalet’ tiene dos vidas. El invierno lo pasa en un parque de Bagnères de Bigorre y en primavera cargan los 300 kilos de la escultura en el remolque de un camión y lo suben a la cima, acompañado por la fanfarria y cientos de cicloturistas en una procesión que nada tiene que envidiar a las clásicas de Semana Santa que se organizan por Andalucía.

Ambos monumentos son obra de Jean-Bernard Métais, amor y pasión al Tour por cuyos territorios penetra hoy la Vuelta, la tercera vez que subirá al Tourmalet (lo hizo antes en 1992 y 1995, victorias de Lale Cubino y Laurent Jalabert) aunque sin finalizar en la cumbre.

Pau, la ciudad del ciclismo

Pau, la ciudad pirenaica que más veces ha recibido al Tour, donde dormirá buena parte de la Vuelta tras coronarse el Tourmalet, ya vive pendiente de la invasión española, pero también de lo que puedan hacer Remco Evenepoel, Primoz Roglic, Jonas Vingegaard, Marc Soler, Sepp Kuss, Enric Mas, Juan Ayuso… los que este jueves, camino de Zaragoza, donde finalizó la 12ª etapa ganada por el colombiano Sebastián Molano (UEA), se resguardaron del viento y de los peligros de la llegada en un pelotón que corrió pensando en la épica del Tourmalet, a excepción del instante de gloria de Roglic, que pilló cuatro segundos de bonificación en el esprint especial de Villanueva de Gállego.

Este viernes se subirá por la vertiente de Barèges, por la que Induráin se lanzó a tumba abierta en 1993 para cazar a Tony Rominger que cuestionaba su reinado. Preguntado años más tarde sobre lo bien que le habrían ido los frenos de disco que ahora llevan todos los corredores, Miguel respondió sin cortarse: “Pues no lo sé, porque no frené”.

Los registros de los ciclistas

La otra carretera de subida, por la que ascendió el Tour este año y donde Demy Vollering sentenció el femenino, es la más famosa, vía La Mongie, pero no por ello más dura. Strava es la aplicación más utilizada por ciclistas profesionales y cicloturistas. Allí vuelcan todos los registros que hacen. Por la cara de Barèges, la escogida por la Vuelta, han ascendido, hasta este viernes, 52.115 personas, repitiendo varias de ellas ya que hay registrados nada menos que 83.683 intentos. Por la ruta de La Mongie figuran 81.316 intentos efectuados por 42.673 ciclistas. El récord, por este lado, lo tiene Kuss, el líder de la Vuelta, en 46.39 minutos a 22,2 km/h, mientras que por Barèges el plusmarquista es Thibaut Pinot en su triunfo del Tour 2019, en 51,13 minutos, también a 22,2 por hora. Luego están todos los aficionados que van al Tourmalet con su bici sin estar tan informatizados.

Para tener el carnet de cicloturista hay que escalar al menos una vez el Tourmalet en la vida, aunque el recuerdo del esfuerzo y el cansancio dicte aquello de no repetir nunca más. Un Tour sin Tourmalet es como una paella sin arroz y la Vuelta ha querido este viernes conquistar la montaña, a la que subió la ronda francesa por primera vez en 1910, por donde pasó como un misil Eddy Merckx en 1969, mientras su mujer se ponía de parto –“nunca te perdonaré que me hayas hecho perder la gesta de tu marido”, le dijo el ginecólogo tras atenderla-, y donde este viernes la Vuelta debe vivir un combate deportivo, sin tregua, y con el interrogante de qué pasará y cómo responderá Evenepoel si a Vingegaard le da por demarrar en los primeros kilómetros del ascenso.

Y todo esto antes de que el sábado se viva la resaca pirenaica con una etapa con chispa y peligro que pasará por Larrau, monte menos famoso que el Tourmalet, pero con la etiqueta, nada brillante, por cierto, de que fue el lugar donde Induráin se hundió en 1996 para no volver nunca más al Tour y comenzar la recta final de su retirada.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *