La vida en soledad de una casi centenaria: “Con genio se lleva bien”

“¿Al médico? No, no voy. ¿Para qué? Si cuando lo llamo o voy me dice que no tengo nada, que estoy perfecta…”, espeta Plácida Iglesias Fernández no sin cierto genio y algo enfadada porque el doctor le diga que su salud está bien. Está sentada a la puerta de su casa en el pequeño y bonito pueblo de El Castillo (Asturias). Desde las ventanas de la cocina hay una impagable vista a la ría del Nalón a pocos metros de fundirse con el mar Cantábrico. Quién sabe si contemplar a diario este paisaje que transmite calma y alegra la vista podría ser uno de los motivos de la salud de hierro de Plácida Iglesias, quien el próximo enero cumplirá un siglo de vida –eso según su DNI, si bien ella discute con su hija que serán 99 años– sin haber estado nunca ingresada en el hospital y sin tomar más medicamentos que algún paracetamol de vez en cuando. Como mucho, tira del clásico bicarbonato: “Cuando me duele algo el estómago”. El único “pero” es su sordera. Nada más.

Es Plácida Iglesias una de las cerca de 23.000 asturianas mayores de 80 años que viven solas, una cifra que sitúa al Principado –según el último informe del Instituto Nacional de Estadística (INE)– al frente de la lista de las comunidades con más mujeres en tal situación. Son exactamente 22.764; en total, de todas las edades, rondan las 80.500, que suponen el 56% de los hogares unipersonales en Asturias.

Esta nonagenaria suma ya muchos años sola en su hogar, pues quedó viuda bien joven, a los 23 años, tras casarse con 18. Su hija Anabella Fernández no tenía un año cuando quedó huérfana de padre. Entonces, quedó al cargo de sus abuelos maternos, Marcelo y Salomé, porque su madre salió a ganarse la vida. Plácida Iglesias pescó angula y estudió corte y confección en la cercana Pravia. Se convirtió en modista –”está mal que yo lo diga, pero era muy buena, toda la gente para la que cosí lo dice”–, se fue a Francia, volvió y se instaló un tiempo en Oviedo tras reencontrarse con su hija casi adolescente, para volver luego a El Castillo, a la casa familiar, donde nació y donde vive ahora. Sola. Es su deseo.

“Estuvo apenas una semana conmigo y mi marido en nuestra casa en Avilés, una vez que tuvo un ligero susto del corazón, pero no duró. Fue difícil. Imposible, no aguantó, no quería”, explica su hija, que tiene por costumbre visitarla todos los domingos por la mañana en El Castillo, cuando le deja algo de comida hecha y los recados que su madre le encarga. Porque Plácida Iglesias lleva completamente las riendas de su propia vida: «Tengo algo de genio, sí, pero es necesario para vivir sola. Así se lleva bien”.

Su rutina pasa por levantarse de la cama –su dormitorio está en el segundo piso, pues no tiene problemas de movilidad– hacia las ocho y media, hace la cama, desayuna y piensa en qué comer: “Ayer puse arvejos con patatas, pero no me salieron muy bien”. Le gusta comer bien, contundente y abundante. El día pasa entre algún paseo, alguna visita de vecinos que le llevan el pan a diario y poco más. La limpieza de la casa la tiene fijada los sábados. “Si pasa algo, llamo por teléfono. Mi nieto me lo dejó preparado con los números que necesito”, explica. No ve la televisión, aunque está al tanto de la actualidad. Por supuesto, fue a votar en las dos últimas convocatorias. El aparato de TV está empaquetado. “Nos dijo que no lo quería, o lo guardábamos o lo tiraba”, aclara su hija con cierta resignación.

Plácida Iglesias no acaba de encontrar sentido a que La Nueva España, de Prensa Ibérica, quiera contar su vida en un reportaje. “Lo que pongáis, que sea verdad”, advierte. “Nunca estuve mala, no. Al covid-19 no tuve miedo, ¿por qué? Si estoy aquí sola y apenas salgo, no tenía motivos”. Tampoco sabe decir cuál es el secreto de esa gran salud que le permite ser autónoma a su edad.

Puede que sea al revés. “Tengo que tener buena salud para vivir sola, que si no, no podría”, remata convencida.

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